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La arquitectura moderna: dos revoluciones
y dos contextos Es tentador buscar un símil
entre la arquitectura de la primera década tras el triunfo de la
Revolución Cubana y la arquitectura de los años de fuego
en Rusia tras la toma del poder por los bolcheviques. Pero como toda comparación,
también ésta encierra el peligro de una simplificación
que saca ambas realidades de sus contextos y las fuerza para demostrar
una hipótesis. La mejor arquitectura experimental en la joven URSS,
que estuvo a la vanguardia mundial en los años 1920’s, quedó
principalmente en el papel por su defasaje con respecto a las posibilidades
de concreción en un país enorme, multinacional, multicultural,
muy atrasado y arruinado por las luchas internas y las agresiones externas.
Más importante aún, esa arquitectura tan radicalmente nueva
para su época era rechazada por los dirigentes y también
por la población, cuyos paradigmas apuntaban al eclecticismo grandilocuente
de la arquitectura zarista o a un neo-ruso folclórico de corte
nacionalista. En el caso de Cuba, los nuevos programas de la joven revolución
continuaron usando los códigos arquitectónicos del Movimiento
Moderno, que ya habían sido completamente aceptados después
de la Segunda Guerra Mundial, identificándose con el ideal arquitectónico
de una burguesía emprendedora que deseaba expresar su modernidad.
Si la revolución socialista cubana hubiese llegado al poder a la
caída de la dictadura de Gerardo Machado en 1933, posiblemente
su expresión arquitectónica hubiera seguido los códigos
eclécticos, con el Capitolio, el Centro Gallego y el Palacio Presidencial
como modelos. Aún teniendo en contra su pequeño tamaño
y la debilidad que implicaba depender de un monocultivo, Cuba era muy
homogénea, una isla sin fronteras ni territorios segregados, ni
minorías nacionales o étnicas no asimiladas. El país
estaba favorablemente situado para el intercambio y muy abierto a innovaciones.
Era relativamente desarrollado para América Latina, y la revolución
triunfante en 1959 encontró una economía e infraestructura
prácticamente intactas. Desde dos siglos atrás, La Habana
era ya la gran ciudad en la cuenca del Caribe y el Golfo de México.
El notable volumen de obras sociales en los años 1960’s estuvo
indirectamente financiado con las propiedades confiscadas a la burguesía
nacional y extranjera, unido a la ayuda de la Unión Soviética,
que intentaba reforzar su vocación de superpotencia mundial en
competencia con los Estados Unidos. El amplísimo respaldo popular
a una joven revolución triunfante sobre una dictadura repelida
por la mayoría, unido al éxodo masivo de los sectores pudientes
que hubiesen constituido una molesta oposición interna, garantizaron
un clima político y sobre todo emocional muy favorable. Esa mística
se reflejaría naturalmente en la arquitectura, súbitamente
abierta a nuevos programas y extendida a todo el país. En contra
de lo esquemáticamente difundido, el principal valor de esa arquitectura
de los años ‘60’s no fue producir algunas pocas obras
excepcionales, sino crear una masa extensa de buena calidad, resuelta
con alto profesionalismo tanto en el diseño como en la construcción.
Aquel Congreso de la UIA en septiembre-octubre de 1963 se celebró
en La Habana el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos,
UIA, con el tema La Arquitectura en los Países en Desarrollo. Había
pasado un año desde la Crisis de Octubre de 1962, cuando Cuba y
el mundo estuvieron al filo del exterminio nuclear; y menos de dos y medio
desde la invasión de la brigada 2506 por Playa Girón. Ese
Congreso fue celebrado por primera vez en América y reunió
a más de 2,200 arquitectos, observadores y estudiantes de 80 países.
También estuvo precedido por el primer Encuentro Internacional
de profesores y estudiantes –una idea propuesta por Richard Buckminster
Fuller el año anterior-- venidos de 74 Escuelas de Arquitectura.
Las conclusiones del Encuentro y el Congreso fueron hechas respectivamente
por los comandantes Che Guevara y Fidel Castro, y las actividades tuvieron
varias sedes: el Coliseo de la Ciudad Deportiva, donde se realizó
la inauguración, y el teatro de la CTC, donde se hizo la clausura;
el Pabellón Cuba, construido especialmente para el Congreso; el
Retiro Médico, hoy sede del Ministerio de Salud Pública;
los hoteles Habana Libre y Habana Riviera, la Plaza de la Catedral, y
los restaurantes y centros nocturnos Río Cristal, Rincón
Criollo y Tropicana, entre otros. Más de la mitad de los arquitectos
cubanos se inscribieron en el Congreso, que estuvo presidido por Osmany
Cienfuegos, entonces ministro de la Construcción. Fernando Salinas
fue el relator general, y Mario González Sedeño, Raúl
González Romero, Rita Yebra y Hugo D´Acosta-Calheiros funcionaron
como secretarios de comisiones de trabajo. Pero más importante
que los temas discutidos fue la impresionante revitalización visual
y funcional en varias áreas de la capital. En una época
en que todavía los hombres asistían a los eventos y viajaban
en avión con traje y corbata, y las mujeres se ponían medias
y llevaban peinados como cascos, fijados con laca, miles de delegados
arrollaron Rampa abajo tras las comparsas confundidos con el público.
Para muchos, el recuerdo de ese Congreso en La Habana sería imborrable.
La UIA de 1963 fue el antecedente directo del remozamiento que se haría
poco más tarde en las Calzadas de Monte (Montelimbo), Belascoaín
(Belimbo) y la calle San Rafael; y de los puntos de reanimación
urbanística y las gráficas urbanas proyectados por la dirección
de Arquitectura y Urbanismo en toda la capital desde mediados de los años
‘70’shasta principios de los ‘80’s. Para el Congreso
se hicieron varias publicaciones que recogían la posición
oficial de Cuba en los temas a tratar, yse presentó el libro La
Habana con textos escritos para la ocasión por Manuel Moreno Fraginals
y Antonio Fernández Reboiro. Otro texto sobre la historia del territorio
y las ciudades cubanas, del profesor español residente en Cuba
Joaquín Rallo tendría que esperar hasta 1978 para su publicación
junto con varios escritos de Roberto Segre, bajo el título Introducción
Histórica a las Estructuras Territoriales y Urbanas de Cuba, 1519-1959
--nueve años después de la prematura muerte de Rallo. 1963
fue también el año en que el itinerante Roberto Segre (Milán,
Buenos Aires, La Habana, Río) llegó a Cuba con su dejo porteño
y chaqueta de tweedcon parches de cueroen los codos. Aquí dejaría
una impresionante obra docente y escrita sobre la historia de la arquitectura
cubana, latinoamericana y caribeña, para convertirse después
en experto de la brasileña. El VII Congreso de la UIA terminó
exitosamente el 3 de octubre, pero inmediatamente se produjo una estampida
de los delegados. El día 4 el ciclón Flora entró
por el extremo oriental de la Isla. Fue un huracán con vientos
relativamente poco intensos, perocon una gran cantidad de lluvia; y se
mantuvo haciendo lazos por cinco días sobrela misma región,
produciendo grandes daños y más de 1,200 muertes. Cuando
al año siguiente José Fornés tuvo que localizar la
industria Sakenaf II cerca de Bayamo, se apoyó en una foto aérea
para escoger uno de los pocos sitios que habían quedado sin cubrir
por el agua. Un monumento en el mar que se quedó en papel. Al final
del Congreso se hizo la premiación del concurso internacional para
el monumento a la Victoria de Playa Girón, en el que participaron
274 proyectos. El jurado --dondeel cubano Antonio Quintana sustituyó
a Óscar Niemeyer, siempre renuente a viajar en avión-- premió
a un equipo de jóvenes arquitectos y artistas polacos (Marek Budzynski,
Andrzej Mrowiec, Andrzej Domanski y Grazyna Boczewska, con el ingeniero
Wieslaw Szymanski). Ese proyecto nunca llegaría a construirse,
a pesar de que se completaron más tarde en Cuba los planos ejecutivos.
La invasión se representaba con unas enormes cuñas amenazantes
de hormigón con limallas de hierro para lograr un color integral
rojo pardo, que se rompían contra lacosta para simbolizar la derrota
del agresor. La defensa se expresaba con un museo soterrado a manera de
trinchera quebrada, insinuando el zig-zag que Daniel Libeskind emplearía
mucho más violentamente un cuarto de siglo después en su
ampliación para el Museo Judío en Berlín.
El proyecto ganador
- al que después se le añadiría un campo de elementos
aislados de hormigón blanco saliendo de la tierra, en recuerdo
a todos los caídos- era de gran perfección formal y tuvo
una gran influencia en futuros concursantes para monumentos nacionales.
Pero desde el principio tropezó con una enconada oposición:
para algunos, la agresión tenía mucho más fuerza
visual que la defensa; lo cual no dejaba de ser cierto, pues las propias
bases del concurso requerían una alteración mínima
del lugar. Una crítica más sutil planteaba que la rotura
podía llegar a parecer casual, como obra del tiempo. Unido a las
dificultades técnicas por la profundidad del mar en esa zona, las
objeciones pusieron a dormir al proyecto, cuyas grandes pancartas hermosamente
dibujadas sirvieron por un tiempo de mamparas divisorias en la oficina
central del Ministerio de la Construcción.
Dos trabajos recibieron segundo premio:
uno brasileño, de Ubirajara Gilioli y Fabio Pentado, cuyo elemento
central era un haz centrífugo de enormes vigas, como un gran asterisco
marcando el lugar, siguiendo quizás el gesto de la cruz que Lucio
Costausó para fundar Brasilia. El otroera de una pareja de jóvenes
arquitectos búlgaros, Iván Tzvetia y Angela Danajieva, que
también utilizó elementos salientes del agua para expresar
la agresión. A pesar de lograr una buena composición, esas
piezas carecían de la fuerza, dinamismo y propósito deliberado
de los del primer premio; y los elementos en tierra quedaban poco relacionados
con los que salían del mar. El tercer premio recayó en un
equipo soviético con los arquitectos Alexandr Alímov, Vladímir
Maslov y Mijaíl Mijáilov; y los escultores Leonid Mijáilenek
y Akolian Vagar Melik. Era un proyecto que intentaba sacudirse el formalismo
historicistadel realismo socialista, todavía reciente; para caer
en un formalismo modernoso –o como diría Antonio Quintana-
a duras penas más avanzado. Una composición frontalista
suponía que el espectador se acercara por un improbable camino
prefijado, sin relación con la vastedad del entorno, para traspasar
una portada con enormes vigas horizontales traslapadas donde se impostaban
relieves figurativos completamente prescindibles; y llegar finalmente
al motivo central, inevitablemente grande y vertical... algo que ya los
celtas resolvían con más fuerza y menos pretensiones usando
el dolmen y el menhir.
Por cierto, la solución de portada con relieves incrustados sería
retomada después en varias de las Plazas de la Revolución
que se hicieron en capitales de provincias, con una curiosa puntería
para entusiasmarse con lo irrelevante. Una comprobación más
–si es que hiciera falta-- de que lo importante no es el qué
sino el cómo, surge al comparar a esas obras con un acercamiento
no muy diferente pero muy bien logrado en la Plaza de la Revolución
Mariana Grajales en Guantánamo (Rómulo Fernández,
José Villa, Enrique Angulo, Ernesto García Peña y
Ángel Trenard; 1985), donde los elementos figurativos brotan de
las formas abstractas, ofreciendo dos lecturas simultáneas.
Entre los proyectos que recibieron mención en el concurso de Playa
Girón se destacaba uno que merecía premio: el de los arquitectos
italianos residentes en Cuba Vittorio Garatti y Sergio Baroni, con un
sistema de grandes bandejas irregulares en abanico alrededor de un foco,
para crear una suerte de sobrio anfiteatro de gran fuerza pregnante y
muy bien articulado con el paisaje –o más bien, paisaje en
sí mismo. En el otro extremo del espectro se ubicaba un proyecto
oscilando entre la ingenuidad y el panfleto, donde el imperialismo aparecía
como una fea serpiente cuya cabeza era machacada por una colosal mandarria
enarbolada por un brazo musculoso...
La arquitectura cubana de los años
‘60s Las obras, ambientaciones y actividades
realizadas en torno al Congreso de la UIA mostraron un alto nivel de creatividad
y dominio del oficio; y repercutieron positivamente sobre el tejido urbano
y la población capitalinos. Fueron parte de un período muy
fructífero pero no suficientemente destacado en la arquitectura
cubana del siglo XX: la década de los años ‘60s. En
Cuba, ese tiempo puede enmarcarse en una década larga -desde el
triunfo de la Revolución en enero de 1959 hasta la Gran Zafra azucarera
de 1970- o en una década exacta que supo a poco, hasta la Ofensiva
Revolucionaria de 1968. En ese período continuó dominando
la estética arquitectónica del Movimiento Moderno, que ya
en la década anterior había dejado muchos buenos ejemplos,
con una asimilación generalmente bien digerida de influencias internacionales
y propias. A pesar de su intención original esencialmente iconoclasta
y generalizadora, y de su carácter atemporal y descontextual, la
arquitectura moderna de los ‘50s en Cuba se había preocupado
en muchos casos por la integración al entorno; y en sus mejores
ejemplos logró una reinterpretación en clave contemporánea
de patrones vernáculos e históricos propios y hasta internacionales.
La década de los años ‘60s estuvo marcada por una
experimentación casi obsesiva con las estructuras. Proliferaron
las cubiertas con bóvedas de hormigón, ladrillo o rasilla;
y cáscaras de hormigón con doble curvatura, generalmente
paraboloides hiperbólicos. Fue cuando el sistema Novoa de paredes
con elementos ligeros prefabricados de hormigón se rebautizó
como Sandino y comenzó a cambiar el paisaje rural. Era la época
de los paneles rebatidos, canaletas, viguetas y bovedillas PEPSA; del
lift-slab, los casetones y las losas prismáticas o folded plates;
de los pretiles con gárgolas, pero también de grandes voladizos.
Toda esa búsqueda coexistió con tecnologías convencionales
como el hormigonado in situ;yel uso del hormigón y el ladrillo
a vista. Ese culto a la expresión de la estructura y los materiales
rústicos aparentes correspondía a una estética brutalista
que se superpuso a la del Movimiento Moderno, sin oponérsele. Lamentablemente,
los materiales expuestos terminarían casi siempre pintados, con
esa curiosa obstinación de algunos que, en un país donde
nunca alcanza la pintura para pintar lo que la necesita, siempre hay alguien
que la consigue para lo que no se debe pintar. Existe consenso sobre la
importancia de tres grandes obras paradigmáticas hechas a comienzos
de esa década: una que sigue siendo el mejor conjunto de vivienda
social jamás hecho en Cuba, la Unidad # 1 de Habana del Este, actual
Ciudad Camilo Cienfuegos; las Escuelas de Arte en Cubanacán, actual
ISA; y la Ciudad Universitaria José A. Echeverría, CUJAE.
Las dos últimas quedaron incompletas, a pesar de estar funcionando
desde mediados de los años ‘60s. Esa aura maldita de proyecto
inacabado se intensificó en el caso de las Escuelas de Arte por
una amarga polémica que la usó como un auto de fe. (Nota
del Editor: Ver entrevista al Arq. Ricardo Porro, jefe del proyecto, en
la pag. 142 de esta misma edición). Los arquitectos fueron divididos
arbitrariamente, según su actitud hacia esa obra, en elitistas
románticos que buscaban la belleza sin pensar en otra cosa, y tecnicistas
pragmáticos dispuestos a prescindir de ella para supuestamente
concentrarse en la buena ejecución y la satisfacción de
las necesidades de la población. Como a menudo sucede, la realidad
resultó mucho más compleja: ni los primeros eran tan desentendidos
de los problemas prácticos y humanos, ni los segundos construyeron
tan bien y en la cantidad requerida. Esa pérdida de calidad en
la ejecución se haría evidente en décadas posteriores,
cuando los constructores profesionales fueron siendo a su vez sustituidos
por audaces improvisados sin dominio del oficio.
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La Habana del Este (1959-61), obra cumbre
del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda, INAV, dirigido por la carismática
Pastorita Núñez, fue criticada en su momento por demasiado
costosa para poder generalizarse. Sin embargo, hoy esos costos parecen
ridículos; y la impresionante calidad alcanzada en ese conjunto
de 1,036 viviendas -terminado completamente con todos sus servicios sociales,
áreas verdes, instalaciones deportivas, calles de hormigón,
electricidad soterrada- no ha sido superada. Más de cuarenta años
después los edificios están en perfecto estado, y sus habitantes
los cuidan porque saben que difícilmente podrán reemplazarlos
con algo mejor. La Habana del Este fue declarada en 1996 Monumento Nacional.
La CUJAE y las Escuelas de Arte de Cubanacán fueron dos importantísimas
obras, ambas comenzadas entre 19601961 y dedicadas a la educación.
La primera fue inaugurada oficialmente en 1964, con la Escuela de Arquitectura
como pionera. Todo estaba flamante, y docentes y estudiantes podían
disponer de café y bocaditos de jamón a todas horas. Era
una obra de excelente diseño, afiliada al brutalismo; con los materiales
a vista y una fuerte expresión de la estructura, las instalaciones
y el sistema constructivo. Este último era muy novedoso en Cuba
para el momento. Su concepción espacial siguió los entonces
revolucionarios principios del Team X, con los edificios conectados en
estructuras continuas. Esta obra abrió el camino para explotar
las posibilidades expresivas de la industrialización de la construcción,
peroese ejemplo fue después poco seguido. En las cuatrodécadas
transcurridas desde su inauguración el conjunto continuó
creciendo, pero en parte irregularmente. Como se trata de una obra que
sin lugar a dudas merece la declaración de Monumento Nacional,
quizás cuando llegue ese momento habrá que determinar un
centrohistórico, dejando fuera naves y tinglados añadidos.
Las Escuelas de Arte tomaron otro rumbo, desarrollando un expresionismo
romántico con una fuerte carga simbólica llena de referencias
cultas a constantes de la identidad nacional. Ubicadas en los hermosos
campos de golf del antiguo Country Club de La Habana, cada edificio era
una obra de arte irrepetible, verdaderas esculturas habitables. Allí
se formaron durante varias décadas muchos creadores de nivel reconocido,
pero en tanto obra de arquitectura fueron ignoradas o incluso demonizadas,
hasta que a fines del siglo XX el gobierno cubano decidió asignar
una cantidad importante para su terminación y rehabilitación.
Esa marginación absurda había detonado una reacción
de signo contrario en algunos críticos del patio y sobre todo extranjeros,
para los que esta obra había sido el canto del cisne de la buena
arquitectura moderna cubana, supuestamente extinta poco después
del triunfo de la Revolución.
Pero esta simplificación maniquea soslaya la alta calidad promedio
de la arquitectura que se hizo en Cuba durante casi toda la década
de los ´60s. En definitiva, lo que marca el nivel de excelencia
en la arquitectura -o en cualquier otra actividad creadora- no son unas
pocas obras excepcionales hechas por talentos fuera de serie, sino una
extensa masa media diseñada y construida con profesionalidad, que
es precisamente la que hace ciudad. Aquellas obras, ahora poco conocidas,
mal conservadas e incluso alteradas, tuvieron muy buena calidad. Eso reflejaba
una situación donde la autoridad del proyectista era respetada,
y el buen oficio tradicional en la construcción todavía
no se había perdido bajo el impacto de la prefabricación
pesada y el montaje con grúas, los proyectos típicos repetidos
hasta el infinito y sin relación con el contexto, la improvisación
justificada y hasta celebrada, y el fetiche del cumplimiento de metas.
Esa alta calidad coincidió, en cruce irrepetible, con la súbita
eliminación del afán de lucro y el comercialismo, y la entrega
de actores y público al proyecto de una revolución naciente
y amenazada, donde curiosamente todo parecía posible. Pero la pérdida
del componente cultural que iba a caracterizar a la mayoría de
la producción arquitectónica en las décadas posteriores,
ya había comenzado a fines de los años ‘60s. Bajo
el signo de la industrialización de la construcción, algunos
arquitectos se distinguieron por aplastar la creatividad de otros colegas,
sometiéndolos a un rigor economicista y despersonalizante que ellos
mismos no se autoaplicaban cuando eran designados para diseñar
obras especiales.
Además de un buen número de publicaciones contemporáneas
con carácter institucional descriptivo y divulgativo, buena parte
de aquella producción ha sido analizada en el libro Diez Años
de Arquitectura en Cuba Revolucionaria, de Roberto Segre, con el antecedente
del # 336 de la revista Arquitectura-Cuba, Balance de Cinco Años,
editado por Mario Coyula, Joaquín Rallo y Roberto Segre; y posteriormente
en la segunda Guía de Arquitectura de La Habanade María
Elena Martín y Eduardo Luis Rodríguez, y en la del Oriente
de Cuba, centrada por Omar López, Marta Lora, Flora Morcate y Olga
Portuondo. El libro 500 Años de Construcciones en Cuba, de Juan
de las Cuevas, también recoge datos sobre ese periodo, dentro de
su ambicioso intento por cubrir un arco de cinco siglos.
Sin embargo, mucha información de ese período sobre autores
e incluso fechas ha quedado oculta por la marea de un anonimato vergonzante
que ya entonces apuntaba, enfatizando el valor social de las obras por
encima de su valor creativo. Ello se expresó en la absorción
por las instituciones del mérito individual del autor, y por el
culto a la inmediatez que suspendía al tiempo en un eterno presente.
Una parte de los diseñadores emigraron o han muerto ya, y la memoria
de otros se ha debilitado con los años; pero las comunicaciones
personales han podido reconstruir algo, aunque no todo, de la información
inexistente. Tras un intento inicial de incorporar dentro de este texto
la mención a las obras y sus autores, la relación creció
al punto de justificar sacarla en una cronología anexa.
Sin embargo, es conveniente recordar algunas otras obras además
de la Santísima Trinidad venerada por todos. Entre ellas están
la Escuela Técnica de Minería en El Cristo, la Escuela de
Medicina y el Motel Versalles, ambos en Santiago de Cuba; la Ciudad Escolar
Camilo Cienfuegos en las estribaciones de la Sierra Maestra; o el Residencial
INAV en Wajay y los repartos Capri y Juan Manuel Márquez, los tres
en La Habana. Con un interés fundamentalmente social y a pesar
de su corta duración (1960-61), es bueno recordar al programa de
Esfuerzo Propio y Ayuda Mutua que permitió erradicar 33 de los
principales barrios de indigentes, incluyendo algunos clásicos
infames como Las Yaguas.
En los ‘60s se hicieron decenas de playas populares y varios centros
turísticos como Soroa, La Ermita, Gran Piedra, El Salado, Bacuranao,
Mégano, Arroyo Bermejo, Santa Lucía, Guardalavaca, Caletón
Blanco, Mar Verde, Daiquiri, Bibijagua o Playa Larga; el Parque Almendares
y Río Cristal, los círculos sociales obreros, el parque
deportivo José Martí, y las adaptaciones y obras nuevas
para la conversión del campamento de Columbia en Ciudad Libertad
y del Moncada en Ciudad Escolar 26 de Julio. El tema de la educación
se tradujo en una gran cantidad de proyectos de círculos infantiles,
escuelas primarias y secundarias, muchas veces resueltas con cubiertas
de bóvedas; incluyendo las escuelas típicas primarias rurales
hexagonales y la circular en Plaza de la Revolución.
Una obra destacada por su justa combinación de fuerza y sensibilidad
hacia la escala urbana y el genio del lugar fue el Pabellón Cuba
en La Rampa. También hay que recordar al conservatorio Caturla,
en Marianao, y al edificio “Girón” en Malecón
y F. Otras obras importantes, pero construidas en el extranjero o en lugares
poco accesibles -y por lo tanto poco o nada visibles- fueron el Instituto
Tecnológico de Suelos, en Güines; los Puestos de Mando de
la Agricultura en Menocal, Nazareno y El Yarey; los pabellones de Cuba
en las Exposiciones Mundiales de Montreal ’67 y Osaka ’70;
y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas, CENIC, pionero
de lo que después sería el Polo Científico del Oeste.
Otra obra importante pero inaccesible al público fueron las oficinas
circulares en El Calvario. De aquellos primeros años es también
el elegante supermercado circular semiprefabricado, repetido en varios
lugares, que hace más evidente la pobreza de otros hangares construidos
más de un cuarto de siglo después, a los que Fernando Salinas
ironizó como “arquitectura de lata”.
En cambio, otras obras tuvieron ubicaciones más céntricas,
como la heladería Coppelia; el Policlínico Van Troi en Carlos
III, o el Parque-Monumento de los Mártires Universitarios, del
que sólo quedan incólumes los muros de hormigón con
bajorrelieves. A fines de esa década también se hizo el
austero monumento de La Demajagua; pero salvo unos pocos ejemplos honrosos,
la experimentación de vanguardia en ese campo sería posteriormente
apabullada por una horda de muñecones desgarbados que no eran realistas
ni socialistas; donde, según Che Guevara en su clásico El
Socialismo y el Hombre en Cuba, ...“Se busca entonces la simplificación,
lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios”.
(Guevara, 1967, p 266)
Dos obras cumbres de la ingeniería vial cubana pertenecen igualmente
al período: el puente de Bacunayagua y el Viaducto La Farola; mientras
que en la escala del reordenamiento territorial y urbano se destacan el
Plan Director para La Habana, pionero de los de otras ciudades cubanas,
la reorganización de las tierras dedicadas a la producción
agropecuaria en todo el país, y el Cordón de La Habana.
La relación sigue con la biblioteca E. J. Varona en Marianao, y
la efímera reconversión de la antigua funeraria Caballero
como Casa de Cultura en La Rampa, que fue cerrada en una versión
burocrática del clásico cuento de vender el sofá.
Fue una década especial para las obras industriales, con la Fábrica
de Motores Diesel, los almacenes de azúcar a granel, varias textileras,
el Combinado del Vidrio o el Puerto Pesquero. Otras obras importantes
fueron la sobria librería de L y 27, el El Vedado; y los dormitorios,
cocina-comedor, anfiteatros y gimnasio del Instituto de Ciencias Básicas
y Pre-clínicas Victoria de Girón, construidos alrededor
del antiguo colegio de niñas Sagrado Corazón, en La Coronela.
Desde 1959 hasta1970 se hicieron 214 nuevos pueblos rurales en toda Cuba,
entre ellos Ciudad Sandino, Ben Tré, Las Terrazas, o Vallegrande,
en la Autopista del Mediodía, como parte del Cordón de La
Habana. Se destacaron los conjuntos de viviendas en Tallapiedra y Manicaragua,
y el proyecto experimental Multiflex en el reparto Abel Santamaría;
así como el pequeño conjunto de viviendas en Managua. A
fines de los años ‘60s comenzó el proyecto de dos
obras ambiciosas de paisajismo a escala de ciudad, el Jardín Botánico
Nacional y el Parque Lenin.
En esa década comenzó a construirse la singular casa de
Cultura de Velasco, se hicieron la Estación de Repoblación
Forestal en Guisa y la cafetería Las Pirámides en Santiago
de Cuba; y se construyó el CIEC, en Casablanca, de donde salieron
varios proyectos experimentales, incluyendo el prototipo de células
de viviendas con elementos laminares. Fue la época de los creativos
escenarios para el Festival Internacional de la Canción Popular
en Varadero, y de la pequeña pizzería Maravillas en la Calzada
del Cerro -pionera en la mezcla inteligente de lo nuevo y lo viejo- que
sería totalmente desvirtuada después.
Durante los años ‘60s se montaron en el Pabellón Cuba
varias grandes exposiciones memorables, como la del Tercer Mundo, la Muestra
de la Cultura Cubana o el Salón de Mayo; y el gigantesco tablero
en la fachada principal del Habana Libre para el Mundial de Ajedrez. Esa
fue también la época de gloria del cartel y la gráfica
cubana, no sólo en temas culturales promovidos por el ICAIC o la
Casa de las Américas, sino en los políticos, como la antológica
secuencia de vallas que se renovaban periódicamente a lo largo
de Paseo, a la entrada de la Plaza de la Revolución. El diseño
de avanzada en interiores y mobiliario arrancó desde el propio
1959, destacándose la obra sostenida de Gonzalo Córdoba
y Ma Victoria Caignet, que en 2003 les mereció el Premio Nacional
de Diseñode por vida, en su primera edición. Ante tanta
bazofia cara y picúa que se importa ahora para vender en las tiendas
en dólares, duele recordar la cubanía esencial y el nivel
internacional de diseño en aquellas producciones que promovió
Celia Sánchez.
También comenzó en esa época la costumbre de cubrir
las fachadas de los edificios públicos en la Plaza con grandes
vallas políticas en papel. A partir de la muerte de Che Guevara
en 1967 su efigie apareció siempre en el actual edificio del Ministerio
del Interior, donde había trabajado mientras fue ministro de Industrias.
La decisión posterior de sustituir las vallas por un banal relieve
metálico renunció a la frescura y sencillez del soporte
inicial, que por su propio carácter efímero siempre daba
una imagen distinta, pero siempre Che; en alusión sutil asu austeridad
y múltiples facetas. El relieve paralizó un ejercicio cambiante
y vital, sin comprender que esa congelación pudiera manipularse
por enemigos de la Revolución. El cambio de soporte también
implicó un cambio de manifestación dentro de las artes visuales,
pasando del campo del diseño gráfico al de la escultura.
De esa manera se alimentaban mayores expectativas, pues lo que se perdona
a un diseño pasajero no es aceptable en una obra con pretensiones
artísticas e intención de durar.
En los años ´60s comenzó la restauración de
monumentos arquitectónicos relevantes como el Castillo de La Fuerza,
el Palacio de los Capitanes Generales y el del Segundo Cabo, la casa del
Conde de Casa-Bayona, convertida en Museo Colonial, y la del Marqués
de Aguas Claras, para el restaurante El Patio, por sólo mencionar
algunas en LaHabana; el Palacio Brunet, en Trinidad, el antiguo Cuartel
de Caballería en Camagüey y la casa natal de Carlos Manuel
de Céspedes en Bayamo. En Santiago de Cuba se restauraron las casas
de Diego Velázquez y José María Heredia, y el Castillo
de San Pedro de la Roca -el Morro; mientras que el Museo Bacardí
fue completamente remodelado. Algunas de estas intervenciones fueron posteriormente
criticadas por una excesiva presencia de la imaginación, pero detonaron
el despertar de una actividad poco conocida hasta ese momento, abriendo
el camino para un desarrollo futuro más fundamentado.
Cuando la arquitectura aún tenía
autor Todavía a mediados de la década de los ‘60s
los autores de las obras eran conocidos, y los estudiantes de Arquitectura
discutían sus méritos y defectos. En la cronología
anexa, necesariamente incompleta, aparecen muchos de esos nombres ligados
con sus obras; pero es importante destacar algunos. Ése fue el
caso de Antonio Quintana, uno de los pocos arquitectos ya consagrados
en la primera línea durante la etapa pre-revolucionaria que no
abandonó el país. Otros alcanzarían su plenitud artística
en los ‘60s, como Juan Tosca, Josefina Rebellón, Ricardo
Porro, Vittorio Garatti, Roberto Gottardi, Sergio Baroni, Walter Betancourt,
Raúl González Romero, Hugo D’Acosta-Calheiros, Juan
Campos, Mario González, Mario Girona, Andrés Garrudo o Emilio
Escobar, entre muchos otros. Pero si hay que buscar un arquitecto que
resuma la década, ése fue Fernando Salinas, con varias obras
devenidas clásicas, y una fuerte labor docente y teórica
de proyección internacional, que incluyó la antológica
pero quizás demasiado prolija Relatoría del Congreso de
la UIA. También deberían incluirse algunos proyectos no
construidos que ilustran el espíritu de la época e incluso
su propia evolución dentro del período. En 1959-60 Salinas
y González Romero proyectaron la Unidad # 2 y un centro para toda
La Habana del Este, muy influido por la ideas de los Congresos Internacionales
de Arquitectura Moderna, CIAM, con sus enfiladas de bloques de apartamentos
en torres y pantallas. Mario González y Julio Baladrón ganaron
el concurso nacional de Vivienda por Medios Propios en 1964 con un proyecto
donde la vivienda se resolvía con un módulo único.
Tampoco llegó a ejecutarse. En ese concurso obtuvieron menciones
Manuel Labandero, Ronald Houghton y Vittorio Garatti, Hugo D’Acosta-Calheiros
y Mercedes Álvarez, y Augusto Pérez Beato hijo, con Josefina
Rebellón.
Al año siguiente se convocó otro concurso nacional para
el monumento a los Mártires Universitarios, en Infanta y San Lázaro.
Resultó ganador el proyecto de Emilio Escobar, Mario Coyula, Sonia
Domínguez y Armando Hernández. El monumento se inauguró
en 1967, si bien las inscripciones en los muros quedaron sin completar.
Ese proyecto rompió con la convencional ubicación de una
escultura en el centro de una plaza, para en cambio conformar la plaza
con el monumento; y demanda la participación del espectador. Entre
los veintisiete proyectos presentados al concurso se destacaron el de
Josefina Rebellón con el chileno-boliviano Javier Maco Gutiérrez
-muerto después en combate en la frontera entre esos dos países-
y la pintora Pilar Bustos, que recibió el segundo premio; y un
proyecto de estudiantes de Arquitectura dirigidos por Antonio Quintana
y Manuel Rubio, que ganó el tercero. Otro proyecto especialmente
interesante, por Vittorio Garatti y Hugo Consuegra, no recibió
premio ni mención.
En 1967 se hizo un proyecto, no solicitado, para la comunidad de Banao
(Rallo, Gottardi y Coyula), que en realidad era un manifiesto radical
para un nuevo modo de vida en un campo urbanizado, más social-ficción
que urbanismo. El último concurso importante de la década,
para el Pabellón Cuba en la Expo ’67 en Montreal, atrajo
muchos participantes. Vittorio Garatti y Sergio Baroni derrotaron a proyectos
de calidad como el de Fernando Salinas, Raúl González Romero
y Alberto Rodríguez, que obtuvo el tercer premio (el segundo quedó
desierto); así como los presentados por Ricardo Porro, Orestes
del Castillo y Reinaldo Togores; Osmundo Machado y Ulises Ferrer; Plinio
Iglesias y Enrique Ezpeleta, y Maco Gutiérrez.
De la Colina al Central Laenseñanza
de la Arquitectura pasó por una renovación muy profunda
en la primera mitad de la década, comenzando con el nuevo plan
de estudios hecho por Fernando Salinas y Raúl González Romero.
En 1964 la Escuela de Arquitectura inauguró la CUJAE, frente al
Central Martínez Prieto, antiguo Toledo, con un cuerpo docente
de lujo. Además de los dos ya mencionados, estaban Mario González,
Antonio Quintana, Juan Tosca, Iván Espín, los italianos
Vittorio Garatti y Roberto Gottardi; el argentino Raúl Pajoni,
el boliviano-chileno Javier Gutiérrez, Hugo Consuegra, Mario Girona,
Rodolfo Fofi Fernández, Fernando Aguado, Roberto Carrazana, Manuel
Rubio, Pedro Gispert, Olga Santa Cruz, Modesto Campos, Manuel Babé,
Viterbo O’Reilly y el español Joaquín Rallo, entre
otros.
Este último introdujo los estudios de acondicionamiento ambiental
y revolucionó la enseñanza del diseño básico
con dos nuevas asignaturas. En Fundamentos de la Arquitectura los estudiantes
se lanzaban metódicamnete a diseñar desde el primer momento
en su carrera, con resultados sorprendentes. Para Plástica, Rallo
incorporó artistas como Guido Llinás, Raúl Martínez
y Tomás Oliva. En esas asignaturas, estrenando la CUJAE, comenzó
como docente Mario Coyula; mientras que Luis Lápidus lo hacía
en Historia de la Arquitectura, adonde Roberto Segre había llegado
poco antes atendiendo al llamado de Osmundo Machado. Entre 1966 y 1967
se desmanteló ese enfoque cultural. Varios de los docentes más
conspicuos, sospechosos de elitismo, fueron dispersados para ponerlos
en contacto con la realidad... Un personaje torcido fue el ejecutor designado.
Un cuarto de siglo después había cambiado su disfraz verde
-que algunos más jóvenes y menos informados confundieron
como estela de un inexistente pasado glorioso- por otro blanco que probablemente
siempre llevó debajo. Confirmando la antológica frase deLenin,
no hubo que rascar mucho para descubrir al oportunista. Quizás
ahora haya alcanzado la paz consigo mismo. Si de algo sirve esa historia
mezquina es para decir: ¡Nunca más!
Diez años después la Escuela de Arquitectura quedaría
adscrita a una Facultad de Construcciones. Pero el doble vicio del pensamiento
independiente y el gusto por la belleza nunca pudo ser definitivamente
erradicado. Así fue como se ganaron varios premios internacionales
en concursos de estudiantes. De entre los arquitectos formados en estos
cuarenta años, varios se alzaron sobre la costra de rutina para
ocupar el lugar que ellos ganaron y que merecía su país.
Rebeldes al fin, no siempre reconocieron el aporte de los que abrieron
el paso echándose encima de las alambradas.
Rampa arriba, Rampa abajo Aquel espíritu
creativo y transgresor de los años ´60s se condensó
en La Rampa, ese tramo final de la calle 23 que baja hacia el mar. La
infraestructura construida en la década anterior estaba todavía
en perfecto estado, y la intensa vida nocturna parecía destinada
a durar para siempre. Su aire decididamente juvenil y desenfadado, visto
como decadente por algunos ayatollahs tropicales, fue incluso enriquecido
con actividades a una escala urbana antes desconocida, que convirtieron
a L y 23 en una versión en clave baja, descomercializada y humanizada
de Times Square.Ello encarnó sobre el inconfundible espinazo convexode
la calle, con su gran potencial aglutinante; donde la fuerte pendiente
hacía bailar a los transeúntes, arrastrando a los mirones
tras los estremecimientos de alguna muchacha bien dotada.
La Rampa, así llamada por la fuerte pendiente del terreno, fue
el tramo final de uno de los ejes más importantes de El Vedado,
la Calle 23; y termina en la intersección con el icónico
paseo costanero de La Habana, el Malecón, y la Calzada de Infanta,
que había sido el límite oeste de la ciudad central a principios
del siglo XX. Ese tramo, a excepción de tres construcciones preexistentes
-una de ellas, el edificio Alaska, recientemente demolido fue rellenado
con edificaciones en menos de doce años a partir de 1947, cuando
se inauguró el edificio Radiocentro y el cine-teatro Warner, hoy
Yara. La película escogida para esa inauguración fue Noche
y Día, con Cary Grant y Alexis Smith. Diseñado por la firma
Gastón, Junco y Domínguez, este fue el primer edificio de
oficinas en utilizar los códigos arquitectónicos del Movimiento
Moderno, hasta entonces sólo empleados en algunas viviendas privadas.
Radiocentro contrastaba notablemente con el viejo edificio colonial del
Hospital Reina Mercedes justo enfrente, donde ahora está la heladería
Coppelia (Mario Girona, 1966).
Pero La Rampa tenía una frontera porosa, irradiando más
allá de las cinco cuadras que van desde la calle L hasta el mar.
Ella enlaza con otro nodo importante que sirve de pivote entre la urbanización
convencional de Centro Habana y la nueva trama de El Vedado: la Colina
Universitaria (1906-1940), una especie de Acrópolis adonde se reubicó
la antigua Universidad de La Habana, que había sido fundada en
La Habana Vieja en 1728. La concentración y diversidad de funciones
en La Rampa era impresionante: ministerios, oficinas, agencias de pasajes,
hoteles de distintas categorías, restaurantes, bares, cafeterías;
farmacias, cines, salas de teatro, galerías de arte, exposiciones,
proyecciones al aire libre, librerías, estudios de radio y TV,
centros de conferencias, tiendas, boutiques de modas y de regalos... y
hasta accidentes naturales como el peñasco del Hotel Nacional o
las depresiones de las típicas furnias y antiguas canteras del
Vedado. Todo ello estaba superpuesto sobre un tejido denso de edificios
de apartamentos que aseguraban una población local, con la Universidad
de La Habana a tres cuadras y las casas de huéspedes para estudiantes
del Interior en su zona de influencia; y con el vacío del Malecón
como remate cambiante -azul o negro, ominoso o relajante. Muchos centros
nocturnos se caracterizaban por determinados perfiles y hasta artistas
o parroquianos habituales: algunos en hoteles, como El Pico Blanco del
Saint John, El Turquino del Habana Libre, El Salón Rojo del Capri
oel Parisién del Nacional; pero especialmente el Gato Tuerto, La
Red, El Coctel, La Zorra y el Cuervo, Monseigneur, Tikoa, Karachi, Scheherezada,
el Club 21 y el Club 23, o Hernando´s Hideaway. El cine La Rampa
fue pionero en incorporar exposiciones y otras actividades culturales
en el vestíbulo, conectado con su vecina cafetería Wakamba.
Era la época en que los lugares públicos tenían varias
entradas, antes de que algunos innovadores descubrieran que se podían
reducir a una, y obligar a un usuario que dejó de ser cliente a
hacer la cola en la calle.
En la esquina estaba la pequeña boutique Corinto y Oro, antecedente
del vecino Centro Experimental de la Moda. Y súbitamente, todo
esto resultaba accesible a sectores de población antes excluidos.
Fue cuando el lobbydel flamante Hotel Habana Libre se convirtió
en una especie de plaza pública techada para toda la ciudad, y
el paseante al que se le hacía tarde podía alojarse allí
mismo por ocho pesos y desayunar en el Hotel Capri a la mañana
siguiente. “Rampear” devino verbo para matar el tiempo en
una búsqueda azarosa de emociones no siempre conseguidas, o no
siempre emocionantes; donde lo cosmopolita arrastraba un vago aroma pueblerino.
Paolo Gasparini, quien vivió en el edificio del SeguroMédico,
pudo decir alguna vez que LaRampa era un estado de ánimo, más
que un sitio.
El apogeo de La Rampa estuvo marcado por la celebración del Congreso
de la UIA en 1963, cuando se inauguró el Pabellón Cuba y
la calle recibió nuevas aceras de granito integral con obras empotradas
de artistas plásticos cubanos importantes como Wifredo Lam, René
Portocarrero, Amelia Peláez, Sandú Darié, Loló
Soldevila (quien hizo dos), Mariano Rodríguez, Luis Martínez
Pedro, Raúl Martínez, Antonio Vidal, Antonio Quintana, Hugo
Consuegra, Antonia Eiriz y Salvador Corratgé. Ese efecto vital
de animación con alta calidad visual se mantuvo hasta fines de
los años ‘60s. Cuarenta años después parece
conveniente analizar las causas que explican aquel esplendor y posterior
deslustre. Recuperar la imagen y la calidad urbana del marco físico
es muy importante, pero no suficiente. Intentar un regreso nostálgico
en busca de la lozanía perdida sería un ejercicio patético
destinado a fallar; o en el mejor de los casos, a producir una escenografía
que no tardaría en quedar desvirtuada.
LaRampa tenía sus personajes. Aquellos muchachos de camisa rosa
y pantalón negro estrecho, que asumieron con orgullo masoquista
como nombre el epíteto de enfermitos, y las desafiantes pioneras
de la moda del no-bra, oían escondidos a los Beatles y bailaban
el subversivo twist.Ellos vagaban con la nalga apretada o el pezón
erecto, y un libroolong-playingde moda bajo el brazo, por una Rampa donde
La Chica de Ipanema había ya desplazado a Volare. Era La Rampa
del filin y el jazz, de Bola, los Meme, José Antonio, Portillo,
la Burke, Moraima, Frank Domínguez; y también de esa canción
cantada por Ela O’Farrill, Adiós Felicidad, estigmatizada
por decadente y pesimista. Aquel repunte herpético del dogmatismo
anunciaba un quinquenio gris que fue algo más oscuro y duró
más de un quinquenio. En definitiva, comparada con la belicosidad
de muchos raps actuales, Adiós... parece ahora un villancico o
una canción de cuna.
Pero los sobrevivientes de esos muchachos y muchachas ya sufren artrosis,
várices o enfisema; y prefieren quedarse en casa viendo cualquier
cosa en el televisor, aunque sea el patrón de pruebas. Esta es
ahora una juventud distinta, no mejor ni peor que aquella, con modelos
de éxito confusos; para la que el riesgo se ha vuelto certeza predecible,
y algunos valores convencionales han dejado de tener valor. Por cierto,
la moda de los nombres propios exóticos o inventados -con su componente
escapista subyacente- que a partir de los años ‘80s desató
una epidemia de Yes –Yosvany, Yusleidys, Yusimys- tuvo quizás
un tímido antecedente en las Kas de los ‘60s: Korda, Norka,
Pello el Afrokán...
El Pabellón Cuba refleja eso que ha sido más que un cambio
de letras: su cuidado paisajismo original ya no existe, y los austeros
muros y columnas de hormigón a vista sucumbieron a la brocha irreverente
guiada por el horror al vacío de los primitivos. Las composiciones
concretas de Juan Blanco han sido sustituidas por tronantes amplificadores
con música disco, una droga sonora legal ya no dirigida al cerebro
sino al plexo solar, buscando compensar la calidad con cantidad. Es el
triunfo de la Ye sobre la Ka, que anuncia una posible era apocalíptica
de la Zeta. A pesar de todo, La Rampa sigue siendo muy atractiva, un ejemplo
espontáneo de diversidad, vitalidad y escala urbana justa. Eso
entusiasmó en 1995 a una estrella de la ultravanguardia deconstructivista
como Wolf Prix, enamorado del terreno situado justo en el encuentro de
23 con el Malecón, donde ahora hay dos gasolineras. Quizás
La Habana necesite una sacudida como la que astutamente se procuró
Bilbao con el Guggenheim de Frank Gehry. Para entrar en calor, bastaría
con recuperar la imagen y la atmósfera de La Rampa de los ‘60s.
Varios buenos proyectos de Diploma de estudiantes de la Facultad de Arquitectura
de La Habana, dirigidos por Isabel Rigol y Ángela Rojas, se han
centrado sobre La Rampa; y ése fue también el sitio escogido
por Lee Cott para desarrollar el cuarto taller de diseño urbano
sobre La Habana con sus estudiantes de postgrado de Harvard, concluido
en diciembre del 2002. Es una zona de la ciudad con un carácter
muy fuerte y estimulante, y un potencial alto de renovación con
sus muchos espacios valiosos que están vacíos o subutilizados,
cuyos ejemplos más chocantes son el platanal en la esquina de 23
y O, los parqueos a cielo abierto de organismos estatales, más
bien cementerios de chatarra; y la espectacular furnia que interrumpe
la calle K entre 23 y 25, ocupada por naves y tinglados. Ese potencial
aumenta al considerar el triángulo aledaño en cuyo centro
se encuentra la Fragua Martiana, limitado por la Calzada de Infanta, Malecón
y San Lázaro; que pide convertirse en La Rampa del Siglo XXI. Esa
área fue también estudiada por el Grupo para el Desarrollo
Integral de la Capital y después por el primer taller de diseño
urbano con Harvard en el año 2000.
La Rampa y más. La
Rampa no era un fenómeno aislado La capital tenía
otros focos de animación, además del centro financiero en
el antiguo recinto amurallado, el Wall Street cubano; el centro tradicional
del Parque Central, la Manzana de Gómez, el Capitolio y los otros
grandes edificios aledaños; el Paseo del Prado yel gran sector
comercial alrededor de Galiano, Neptuno y San Rafael. Pero la centralidad
ya se había desplazado en la segunda posguerra hacia El Vedado.
Laesquina de 12 y 23, que hasta finales de los ‘40s había
sido más importante que L y 23, adquiría en los ‘60s
un carácter especial con la presencia del ICAIC y la flamante Cinemateca
de Cuba, mientras el Ten Centsde 23 y 10 seguía heroicamente aferrado
a su aséptica eficiencia; y la maciza portada neo-románica
del cementerio de Colón recordaba a la carne inquieta su ineluctable
destino, bajo la advocación de las Tres Virtudes: Fe, Esperanza
y Caridad.
En una de lasesquinas más hermosas del Vedado, frente al Parque
Villalón y el teatro Auditorium, estaba El Carmelo de Calzada.
Este café-bar-restaurante mantenía su título del
más elegante de La Habana, resistiendo las pretensiones arribistas
de Kasalta. En la otra esquina del parque se encontraba el mejor restaurante
francés de Cuba, Le Vendôme; y en dirección contraria
uno de los más frecuentados clubes nocturnos para apretar, el Turf.
El Carmelo a principios de los ‘60s recibía un público
heterogéneo compuesto por los asiduos que cruzaban la calle tras
los conciertos del Auditorium, luego Amadeo Roldán; los que frecuentaban
la sede del Ballet Nacional, situada en la propia cuadra; y escritores,
artistas e intelectuales que giraban alrededor de instituciones culturales
recién fundadas como Casa de las Américas, Lunes de Revolución
y el ICAIC. Allí podía verse ocasionalmente a Mario Benedetti,
Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, junto con Lisandro Otero,
Guillermo Cabrera Infante, Edmundo Desnoes o Tomás Gutiérrez
Alea.
Ellos coexistieron fugazmente con locos pintorescos como La Marquesa y
Juan Charrasqueado, y con los remanentes del patriciado criollo y la alta
burguesía que esperaban el momento de emigrar. Vestidos en J. Mieres
y el Salón Inglés de El Encanto pero también en Harrod´s
de Londres o Saks Fifth Avenue, eran atendidos en sus mesas habituales
por camareros conocidos, mientras contemplaban con aprensión a
una mezcla improbable de baletómanos extenuados después
de una andanada de ¡Bravos!, confundidos con nuevos parroquianos
habilitados en las tiendas baratas de la Calzada de Monte, y rebeldes
barbudos en uniforme verdeolivo de faena. Alguno de éstos, como
el comandante Rolando Cubela, lucía su espléndida barba
rojiza en el mismo sitio donde pocos años antes compartiera con
sus amigos del Vedado Tennis Club. Esos mundos divergentes de ilusiones,
temores y fulgores tempranos o tardíos se nucleaban alrededor del
mejor helado de Cuba, antecesor inmediato del Coppelia. Graham Greene,
¿o sería antes Winston Churchill?, había supuestamente
dicho que La Habana era el sitio donde cualquier cosa podía suceder,
y El Carmelo de aquellos años podía condensar la frase.
Allí se daba una confluencia irrepetible de asteroides girando
a punto de chocar, destinada a posarse en la memoria como un polvo impalpable
de estrellas. Pero en aquel momento, cuando nadie se preocupaba aún
por el colesterol y el dólar sólo interesaba a los que pensaban
emigrar, tampoco se avizoraba su conversión en una triste fonda
vegetariana.
Gracia bajo presión Los enormes
recursos que demanda la conservación, renovación y redesarrollo
de La Rampa actual y la futura sólo pueden salir de una valorización
inmobiliaria, cuidadosa pero también desprejuiciada, de ese suelo
tan bien situado y capaz de asimilar casi cualquier cosa. Esto deberá
unirse a un potenciamiento efectivo de la población, con una participación
activa y consciente desde las primeras ideas. Pero esas intervenciones
deben preservar las esencias que estamparon la imagen y carácter
de esta parte de la capital. Ello no significa retrotraer al Vedado a
los tiempos de la Danza de los Millones, o reinventar La Rampa de los
años ‘50s y ‘60s. Es necesario intervenir siempre en
clave contemporánea, pero con la misma alta calidad y mezcla precisa
de sensibilidad y espíritu innovador que cuando se construyó
el edificio del Seguro Médico, se levantó el Pabellón
Cuba, se empotraron obras de arte en las aceras y se rediseñó
el paisajismo de la calle; cuando se convirtió la antigua Funeraria
Caballero en Casa de Cultura, y se concibieron impresionantes exposiciones
y actividades volcadas al espacio público. Ese proyecto inolvidable
de animación cultural juntó en la calle a cubanos y extranjeros,
cuando el asedio a la Isla era tanto o quizás más fuerte
que ahora; y no importaba.
En Siete Samurais, Akira Kurosawa sitúa a un viejo guerrero tratando
de escoger a los otros seis que necesita para defender a la aldea de los
bandidos. Pasa el aviso para reclutar, y se esconde en una choza detrás
de la puerta para probar a los aspirantes, tranca en mano. El primero,
un tonto, llega, entra descuidado y recibe un trancazo que lo elimina.
El segundo, hábil y fuerte, entra y puede bloquear el golpe a tiempo.
Es contratado. El tercero es un sabio: cuando llega frente a la puerta
se detiene, piensa, intuye... cruza los brazos y echa a reír. El
viejo samurai sale impresionado, haciendo reverencias.
Mirando atrás con la perspectiva de este reciente cambio de siglo,
hubo muchas obras en las últimas tres décadas sin valor
arquitectónico, poniendo aparte su utilidad social. Ellas son la
prole no querida de esa arbitraria oposición entre belleza y utilidad,
alimentada por la rutina, la pobreza de espíritu y la mediocridad.
Son los tontos que merecen el trancazo. Sin embargo, también se
hicieron algunas obras de buena calidad expresiva, aunque generalmente
asociadas con un costo alto o con programas especiales, acceso restringido
y ubicaciones periféricas. Eso redujo su valor como ejemplo. Son
los hábiles, con dominio del oficio y algo de suerte, que nunca
viene mal. Perohubo otras obras que vencieron las limitaciones de presupuestos
apretados, y tecnologías y decisores rígidos, para demostrar
que la buena arquitectura no requiere ser lujosa ni excepcional. Mostraron
en cambio otras riquezas: talento, convicción y valor moral. Inclinemos
la cabeza ante esas obras y sus sabios autores.
Unas todavía pocas realizaciones recientes alimentan la esperanza
de rescatar a la arquitectura para traerla de vuelta al mundo de la cultura
cubana contemporánea. Estos creadores, pese a la ruptura inevitable
que toda generación asume con respecto a la anterior, tienen una
deuda con los años ‘60s. Quizás es ahora el momento
de reconocerla, porque ya aquella no es la generación inmediata
anterior. El verdadero reto es trascender la excepcionalidad y alcanzar
una producción media que supereoal menos iguale el rasero de buen
oficio y calidad internacional que se alcanzó entonces. Para ello
hace falta entender aquella década convulsionada por pasiones,
antagonismos, esperanzas, ensayos y desgarramientos; con luces y sombras
igualmente inadvertidas en medio de una contradictoria vocación
de inmediatez y trascendencia, protagonismo y anonimato, adhesión
y rebeldía. Esa época, que terminó sin darnos cuenta,
marcó sin embargo como un hierro ardiente a los coetáneos
y también a sus descendientes, diáspora incluida. Queda
un rescoldo en la mirada, dolorosamente fija, del médico-guerrillero
que escapó a la vejez por la puerta oscura de la muerte para vivir
su gloria, que también fue nuestra.
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Bibliografía
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Ma Victoria Caignet y otros; Taller de Muebles, La Habana -Comisión
de Proyectos Turísticos, Junta Nacional de Planificación Revolucionaria
(JNPR), La Habana -Mario González, casa de Adrián González,
Ampliación de Mulgoba, La Habana -Eduardo Cañas Abril y Nujim
Nepomeche, Rectorado de la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba -Alfonso
Menéndez y Rodolfo Socarrás, Sociedad Liceo, Holguín
-Frank Mustelier, escuela primaria, Reparto Miraflores, La Habana -Frank
Mustelier, escuela primaria Roberto Poland, Reparto Casino Deportivo, La
Habana |
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